'The Blind Side (Un sueño posible)': El lado coca-cola de la vida
Más de siete meses es lo que ha tardado en llegarnos el "sleeper" de la
temporada pasada en Estados Unidos cuyos 256 millones de recaudación en
el país de la libertad y la democracia han hecho de sus 29 millones de
presupuesto un negocio más que redondo. Claro es que fuera de sus
fronteras el éxito y su repercusión han sido bastante menores, algo
comprensible si tenemos en cuenta que 'The Blind Side (Un sueño
posible)' es la versión extendida de un tráiler tan genuinamente yankee
que fuera de su propia idiosincrasia local su eco puede resultar
bastante irrelevante e intrascendente.
Basada en un hecho real convenientemente adaptado al molde de una
producción que pueda resultar lo suficientemente digerible como para no
molestar a nadie, la cinta sigue la historia de Michael Oher y de cómo
éste, con la ayuda inestimable de Leigh Anne Tuohy, logra vencer a las
adversidas para triunfar en los estudios y el mundo del deporte. Dos más
dos son cuatro, y esta edulcorada historia de manual es carne de cañón
para el clásico y típico relato superficial de superación que rara vez
da para algo más que un telefilm disfrazado de película que tiene tanto
de competente como de convencional. Y es el caso, no faltaba más, por
mucho que la propuesta esté filmada con más elegancia de lo habitual.
Lo
dicho, nueva propuesta eminentemente insustancial que poco relevante
ofrece de nuevo para el espectador curtido en el subgénero del drama
deportivo apto para menores. ¿Y cuál es el problema? Allá cada uno con
sus apetitos cinematográficos, en un momento dado apostar sobre seguro
puede ser una inversión que nos salve una tarde, especialmente si
predicamos con el credo. Poco importa la previsibilidad de su historia,
lo prefabricadamente hueco que suenan los giros argumentales, la
superficialidad con la que maneja cualquier tema subversivo, la poca
garra del relato o el escaso interés por intentar darle un tono distinto
al asunto. Dicho y hecho, la indiferencia es seña y santo de un relato
que se deja ver gracias a una lección tan bien aprendida que es
ejecutada con eficacia y oficio.
Así, en sus dos excesivas aunque inofensivas horas de duración nos
encontramos con un film unidimensional que no obstante se deja ver,
correcto, y que gustará a los que les guste este tipo de películas por
mucho que acabe haciéndose un tanto pesada, sea tan manipuladoramente
simple en su concepción o segén qué vericuetos de su argumento no
levanten el más mínimo interés ni siquiera para sus propios responsables
y, por ende, no conduzcan hacia ningún lado. Una incursión en el drama
deportivo desde la óptica de un cuento de hadas tan blando que podría
venir antecedido por el logo de la Disney, tan tradicional y conservador
como escasamente original, pero que la cámara de un cada vez más
entonado John Lee Hancock recoge con cierta alegría y buena mano, lo que
ayuda a digerir la propuesta sin que tampoco podamos quejarnos con
ganas y acpetemos de buen grado un empate técnico.
Mención aparte merecen sus populistas nominaciones a los premios Oscar,
tanto el de la mejor actriz como el de mejor película, comprensibles
hasta cierto punto pero improcedentes a la hora de la verdad por mucho
que su aportación sea testimonial. Aunque suele decirse que cuando el
río suena agua lleva discrepo sobremanera a la hora de considerar este
papel interpretado por Sandra Bullock meritorio de alzarse con un premio
Oscar, y no ya sólo por la competencia de (casi) cualquiera de sus
rivales en la terna final de candidatas. Una decisión puntual que
evidencia los defectos de forma de cualquier premio que se digne de
serlo cuya validez es inversamente proporcional a los que la historia
reconocerá, tarde o temprano, como los grandes olvidados. En fin, que si
acabo con este pensamiento no es por casualidad, ya que de por sí se
basta solo para ser más interesante que este (sueño posible). En fin...
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