Jerry Bruckheimer dice que no pero es que sí: Piratas del Caribe: En mareas misteriosas, no podía ser de otra forma, es un nuevo comienzo, un lifting. No es una secuela en tanto en cuanto no propone continuidad sensible con los hechos y hazañas de las tres películas precedentes. La cuarta entrega rompe el patrón de continuidad abriendo un telón completamente nuevo. A priori la reinvención tiene una considerable ventaja; la franquicia estaba clínicamente muerta, agonizando entre tediosas digresiones rococó, empachada de su propio éxito, engordando a base de humo, de tirabuzones ortopédicos y horas muertas en alta mar a bordo de naves sin rumbo.
Es decir, el triángulo Sparrow-Turner-Swan estaba exhausto; de hecho lo estaba desde el final de la primer entrega del paquete. "Piratas del Caribe. En mareas misteriosas" ofrece la coartada de un nuevo inicio, la frescura de un nuevo director en el timón, el aliciente de nuevos personajes y la oportunidad de reorientar la inercia zozobrante del depreciado espectáculo. Pues bien, nada de eso; Rob Marshall es un títere en manos de Bruckheimer, como lo fue Verbinski y la saga sigue flotando en el vacío.
El aparatoso espectáculo pirático-sobrenatural sigue cojeando del mismo pie, o lo que es lo mismo, despeñándose por el mismo barranco. El despliegue visual es el demonio, el diseño de producción monstruoso y, novedad, la intrusión del 3D un óptimo activo para enfatizar la deslumbrante fachada. Sucede que, otra vez, como en 'El cofre del hombre muerto' y 'En el fin del mundo' el sostén del despliegue audiovisual es un engendro narrativo de incalculables proporciones. Tenemos más Sparrow que nunca, para lo bueno (poco) y para lo malo (mucho), y a su alrededor orbitan fichajes nuevos: un villano, Barbanegra, de tren de la bruja, y una heroína hecha al ron y a las miserias de alta mar que no desentonaría en la punible serie de Tele 5 de la que todo el mundo habla (mal).
Quién lo diría, acabamos echando de menos al dúo Bloom-Knightley; el listón baja aún un palmo; las novedades son anodinas; Penélope Cruz no está cómoda en estos saraos, ya lo dejó caer en la insufrible Saharay vuelve a subrayarlo suspendiendo en carisma, paseándose invisible por una superproducción que, casi siempre, parece quedarle grande. No ayuda nada la planicie crónica de su rudimentario personaje; pero no es menos verdad que Keira Knightley sacaba mucho mejor partido del arquetipo. En realidad su escaso feeling con el cine de aventuras es anecdótico; Penélope es el menor de los problemas de un espectáculo amorfo que encalla fallando en lo más básico: entretener.
El nuevo "Piratas del Caribe" es cine espeso, hueco y aburrido. El impacto visual no enmienda la plana; Depp está más chillón e histriónico que nunca; y la aventura avanza hacia adelante a empujones, con clásica sucesión de pantallas "videojueguil", entre elaboradas set-pieces desnudas de contexto coherente. Por si fuera poco nos guían a un desenlace de cartón que plagia con impune descaro del acto final de "Indiana Jones y la última Cruzada" amenazando, además, con la inminencia de un quinto apéndice que se promete, visto el material que nutre la nueva etapa, apocalíptico




